* Palabras al Margen

Palabrasalmargen.com es un portal de opinión y análisis político donde queremos que confluya y se exprese la academia colombiana crítica y comprometida con la construcción de un país democrático, en el cual prime la justicia social, el respeto a los derechos humanos, la diversidad y la búsqueda de la paz.

¿Cómo se explica esto? Hemos visto cómo se repite la historia en los últimos cincuenta años: cuando las familias pueden hacerlo, corren a vincular a sus hijos en la enseñanza superior, a fin de garantizarles unos ingresos más elevados y, sobre todo, un nivel social más alto. De los estudiantes latinoamericanos entrevistados hace un par de años, entre un 79 y un 90% estaban convencidos de que el estudio los situaría en una posición social más alta; sólo entre un 20 y un 38% creían que mediante la enseñanza superior conseguirían unos ingresos muy superiores a los de su familia. Es probable, sin embargo, que aquellos que estudiaron tengan unos ingresos superiores a los de los que no cursaron estudios universitarios. Además, para aquellos que se mueven dentro de los hilos de la corrupción del Estado colombiano –particularmente evidentes en las regiones del país–, el paso por la universidad les puede ofrecer un puesto en la maquinaria burocrática y, con ello, poder, influencia y prebendas económicas, que en su conjunto –así piensan algunos de esos estudiantes con los que hablé– pueden constituir la clave de la riqueza.

Por supuesto, la mayoría de los estudiantes proceden de familias más acomodadas que el término medio, de otro modo, ¿cómo podrían permitirse pagar unos cuantos años de estudio, la mayoría de las veces en universidades privadas descaradamente costosas, a jóvenes adultos en edad de trabajar? A menudo las familias hacen auténticos sacrificios. El masivo ingreso de estudiantes a Bogotá en los años sesenta y ochenta, por ejemplo, se apoyó en las vacas vendidas por campesinos modestos para conseguir que sus hijos engrosaran las honorables y privilegiadas filas de estudiantes. Conforme avanzaba el final de siglo y empezaba el nuevo siglo, una proporción cada vez mayor de jóvenes fue teniendo la oportunidad de estudiar. Ir a la universidad dejó de ser un privilegio excepcional; lo que sigue siendo un privilegio en Colombia es ir a buenas universidades.

Sea como fuere, no cabe la menor duda de que para nuestros días los estudiantes universitarios se han convertido en una fuerza social y política más importante que nunca. Esta multitud de jóvenes con sus profesores que hoy se cuentan por cientos de miles e incluso por millones, concentrados en “campus” o, como sucede en pocas universidades de Colombia, en “ciudades universitarias”, son un factor relativamente nuevo en la cultura y en la política. Tal y como lo revelaron las movilizaciones de finales de 2011, que coincidieron con las de los estudiantes chilenos, no sólo pueden ser explosivos, sino también eficaces a la hora de dar expresión nacional e incluso internacional a su descontento político y social. Tal vez desde los años setenta del siglo pasado hemos visto a los movimientos estudiantiles actualizar su potencial para emprender acciones políticas y forzar a los gobiernos de turno a tratarlos como un interlocutor político serio.

El último de los estallidos del movimiento estudiantil en Colombia que pudimos presenciar fue el que tuvo lugar a finales de 2011, cuando los estudiantes se revelaron desde la Universidad del Atlántico hasta la Universidad del Cauca y desde los estudiantes inscritos en programas técnicos y tecnológicos hasta los registrados en programas de maestría y doctorado, contra la reforma a la ley 30 impulsada por el gobierno nacional en cabeza de la ministra de educación, María Fernanda Ocampo. El movimiento estudiantil logró que el gobierno no sólo retirara la reforma a la ley 30, sino también que se comprometiera a construir un proyecto de ley de reestructuración de la educación superior en diálogo con el movimiento. Frente a los que afirmaban que el movimiento estudiantil aún no había aprendido a conseguir sus objetivos políticos, el estudiantado mostró una efectividad política muy notable.

¿Cómo fue esto posible? Los estudiantes, por numerosos y movilizables que sean, no pueden conseguir solos sus objetivos; para ello necesitan ganar el apoyo o, por lo menos, la aprobación de grupos sociales más amplios y más difíciles de inflamar. En principio, al tratarse de una movilización urbana, que por ejemplo paralizó en varias ocasiones parte de la ciudad de Bogotá, y protagonizada por jóvenes de clase media con familias y profesores con alguna influencia en la sociedad, en las movilización del 2011 los estudiantes no tardaron en llamar atención, especialmente la de algunos medios de comunicación. En virtud de la creatividad de las movilizaciones, ganaron la simpatía de la opinión pública y de los mismos medios, de modo que el movimiento escaló rápidamente y ganó eficacia. Además, se creó una suerte de confederación de organizaciones estudiantiles denominada Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE), que no sólo le dio una estructura organizativa al movimiento sino que le ofreció una capacidad de coordinación inédita.

El gran éxito de la movilización estudiantil de 2011 fue que hizo ver a los estudiantes y profesores tradicionalmente indiferentes a estas revueltas que la educación superior no iba bien y que las cosas podían ser distintas. La gran mayoría de estudiantes y profesores de las universidades no se sienten atraídos por el radicalismo político. Esos estudiantes y profesores son más bien indiferentes ante los asuntos “políticos” y prefieren concentrarse en rendir académicamente para obtener un título, en el caso de unos, o en cumplir con sus actividades, en el caso de otros. Estos estudiantes constituyen la mayoría de la población universitaria, aunque son menos visibles que la minoría políticamente activa; sobre todo porque la minoría activa aparece en los escenarios visibles de la vida universitaria como son las representaciones estudiantiles o en manifestaciones públicas que van desde las paredes llenas de pintas y carteles hasta las asambleas, las manifestaciones y las “ollas comunitarias”. Sin embargo, el éxito de la movilización radica en que se unan esos estudiantes y profesores tradicionalmente indiferentes, a menudo procedentes de departamentos y facultades en los que no se paga “servicio revolucionario”, al movimiento estudiantil por razones, sin lugar a dudas, diversas. La movilización de 2011 logró llegar a estas gentes.

Sin embargo, hoy parece que el ascenso del movimiento estudiantil de hace dos años está llegando a su fin o, por lo menos, se encuentra en retirada. ¿Por qué en este segundo semestre de 2013 el movimiento estudiantil no logró una movilización tan amplia como se esperaba? Quisiera anotar un par de cosas. En primer lugar, más allá de lo desgastante que en la Universidad Nacional de Colombia haya sido el paro de los trabajadores, que terminó por minar la posibilidad de que los estudiantes se movilizaran, se está fracturando la relación entre los movimientos estudiantiles y las grandes mayorías de la universidad. En segundo lugar, la MANE logró mantenerse articulada a finales de 2011 sobrepasando cualquier frontera ideológica o sectaria. Sin embargo, en los últimos meses parece que el sectorialismo está empezando a resquebrajar esta iniciativa; la coalición de organizaciones en torno a la MANE parece que puede estallar en cualquier momento. Esto obedece a motivos ideológicos, pero también a que hay muchas ilusiones de poder entre distintos grupos de estudiantes. En las reuniones y asambleas en las que estuve pude advertir la agresividad de algunos sectores y las tensiones existentes entre grupos organizados. Por supuesto esto incrementa las fricciones entre los diversos grupos estudiantiles y dificulta cualquier intento de movilización estudiantil.

Lo único que quiero subrayar con estas anotaciones es que para nuestros días el movimiento estudiantil enfrenta serios problemas; problemas a los que debe mirar a la cara. No puede tratar de ocultar la realidad tras viejas consignas o fórmulas fáciles. Por atractivo que ello resulte desde el punto de vista emocional, no constituye ninguna opción política.