* Palabras al Margen

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Todos los asistentes sonreían o estaban ceñudos, se tendían las manos y hablaban de sus trayectorias en los intervalos para tomar café o disfrutar del catering que estaba pensado para satisfacer la mayoría de los gustos sin ser pomposo y aportando una nota chic al conjunto que enriquecían los trajes con finos detalles étnicos apenas perceptibles para un ojo no educado. También había dos o tres invitados de procedencia problemática1 que estaban allí para dar testimonio de la sed de democracia en las fronteras, en esos feos lugares donde los barbaros todavía alaban a sus dioses y sacrifican a sus ovejas sin pensar demasiado en cómo esto podría afectar al turismo local.

Entre los invitados se contaban pequeños grupos de estudiantes de entre tres y seis individuos atentos a dejar su mejor imagen impresa en los ojos de un posible empleador, recomendador o director de beca, se intercambiaban teléfonos, códigos de la pandemónica aplicación de chat online y cuentas de la red de Suckerverg en la que el perfil muestra el buen perfil de estos buenos chicos comprometidos con la causa. Este segmento era sin lugar a dudas el más pintoresco por lo forzado de sus trajes excesivamente formales que les daban el aire de un pariente pobre en el casamiento de un pariente lejano al que se busca agradar, en la medida que se puede esperar un bocado de una renta que se considera enorme y, no se sabe por qué, poseedora de virtudes de rey taumaturgo.

Las conferencias fueron variadas y algunas contaron con el servicio de traducción simultánea que precisa un evento de esta naturaleza. Todas contaron con una presentación proyectada en una tela blanca en la que se mezclaban los torturados, las estadísticas, los presidiarios y algunos cuerpos ya sin vida muy útiles para que los ceñudos, -en ese momento la mayoría- pudieran exhibir sin pudor su capacidad de nublar la vista mientras se mira de reojo la pantalla del Smartphone que no para de vibrar; estas personas tienen esa rara capacidad. Fue en ese contexto que empecé a notar que algo no andaba del todo bien en ese espectáculo de la bondad universal, que de alguna manera todavía no consigo explicar. La cuestión se estaba convirtiendo en un concierto de AC/DC y todos estaban dispuestos a aplaudir.

No exagero y no tengo nada contra los sexagenarios australianos, incluso tienen un par de temas que acompañan un trago como si estuvieran hechos para ello. No obstante hay algo de ridículo cuando hay todo un dispositivo policial y privado para que puedas pagar una nada barata entrada para gritar una inconformidad que se desvanece una vez que sales de la iglesia libre de pecado, como una buena esposa que le borra la cornamenta a su marido con dos pases de avemarías en un raro baño de madera o un correcto esposo que besa la mano del hombre de la toga celestial con algo más que afecto; algo muy parecido estaba pasando allí y todos éramos cómplices o espectadores o usufructuarios y el asunto seguiría así por varios días.

Del evento era difícil sacar algo en limpio, apenas perceptible, una especie de extrañamiento que se quedaba en el sabor persistente en la boca de las tapas y los vinos repetidos desde el primer día, también esa sensación de haber estado increíblemente bien en un lugar donde se hablaba de calamidades difícilmente experimentadas por alguno de los conmovidos conferencistas, incluso de aquellos cuya procedencia nos haría pensar que estuvo cerca de la “cosa” en lugar de formándose en una prestigiosa institución para hablar en los términos del hombre blanco sobre los problemas de quienes quieren llegar a serlo; tenía, para decirlo mejor, la resaca de los derechos humanos.

Del mismo modo que el borracho que deja de estarlo, despierta con una sucesión de imágenes que le recuerdan el ridículo de la noche o sus excesos o ambas cosas, estaba parado con la certeza de que algo ha sucedido. Pensémoslo así, este tipo de eventos cargados de luz son el negativo de una situación generalizada en la que una forma de lucha se ha transformado en un espectáculo de sensiblería para unos actores y de burocracia para unos ejecutantes, se habla de la más reciente disposición de una organización para obligar a un gobierno a ratificar un pacto que no tendrá ningún efecto mientras el sonido de las balas cruza el aire bien lejos de los salones de la gente limpia que tiene así suficiente tiempo para dejar correr las lágrimas y escribir sobre cómo se ha sentido tocada en sus fibras más íntimas como un personaje de Jane Austen dentro de una burbuja victoriana.

Lo realmente entretenido es pensar que a raíz de una serie de temáticas complejas se ha generado un simpático escenario, casi una industria, en el que la sensibilidad funciona en la misma línea con una serie muy bien pautada de operaciones burocráticas específicas y autoreflexivas cuyo impacto sobre la realidad es limitado cuando se trata de la población hacia la que están dirigidas, al mismo tiempo que funcionan como incentivo para la producción de más procedimientos y la promoción de nuevos actores en el escenario en que surge. Así, se produce un surplus de carisma capitalizado por los distintos actores que participan del juego para diferenciarse de aquellas categorías (el machista, el racista, el homofóbico) que, creadas en este entorno, le brindan un halo de legitimidad a prueba de toda crítica.

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1La categoría se la debo a Y.B que la utiliza en Alá Superstar.