* Palabras al Margen

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Quien primero aventuró en lanzar el punto de partida para la discusión, fue la Asociación Nacional de Instituciones Financieras ANIF, quien plantea un incremento del 4.5%, representado en veintiocho mil pesos ($28.000), cuantía que según éstos, no debería se desbordada, so pena de los “perversos efectos” que causaría sobre la generación del empleo formal y la competitividad en Colombia.

Si bien la ANIF no forma parte de la Comisión tripartita de concertación de políticas salariales y laborales, el guarismo ofertado supone la guía para las negociaciones, mejorando sólo en mil quinientos pesos ($1.500) el aumento establecido en la presente anualidad.

El aumento del salario básico resulta de la conjugación aritmética entre el cálculo de la meta de la inflación establecida por la junta del Banco de la República, la producción acordada por el Comité Tripartido de Productividad, el incremento del Producto Interno Bruto (PIB), y el Índice de Precios al Consumidor (IPC) entre otros. Fórmula sumisa al esquema neoliberal que dista del Estado de derecho con enfoque social que ostentamos ser.

Como corolario de lo anterior, la ecuación no involucra problemas urgentes por resolver en el país como la desigualdad de ingresos, de dignidad y oportunidades; y principalmente, reducción de la pobreza, caballo de batalla de la gestión Santos II. Es menester señalar que de acuerdo al conflicto de intereses suscitado por el Congreso de la República, se adelanta un proyecto de Ley que busca reformar el procedimiento para fijar el salario mínimo. No obstante, váyase a saber para cuándo estará y si alcanza a adoptarse para la formulación del incremento de 2015.

Un ejemplo que dilapida las tesis de nuestros insignes académicos del sistema financiero, expertos en “pronósticos de inflación y productividad laboral”, son los aumentos del Salario Mínimo desde el 2003 al 2010 en Brasil durante el Gobierno de Lula da Silva, donde el salario se incrementó en un 155%, dando como resultado un crecimiento económico por encima del 5% y bajando la tasa de desempleo del 10,5 % al 5,7 %. Aunado a ello, el efecto redistributivo de la política salarial permitió posicionar a Brasil como líder mundial en la reducción de la pobreza y la desigualdad.

En ese mismo periodo, Colombia pasó de un porcentaje de aumento en el salario mínimo del 7.40 % a un funesto 3.60%. Adicionalmente fue la nación que más ensanchó los niveles de desigualdad urbana de acuerdo al informe de la ONU Hábitat entre un grupo de 18 países. Es decir, la brecha de diferencias entre los ricos y los pobres se duplicaron y la desigualdad del ingreso aumentó en un 15%, so pena de ostentar niveles de crecimiento económico superiores al 5% durante la última década.

Un verdadero debate desde el legislativo y la comisión de concertación, consistiría en la creación de un Salario Mínimo Vital que observe y equivalga al costo de la canasta familiar, que hoy, para el estrato bajo es de un millón trescientos mil pesos ($1.300.000) doblando al actual salario básico. Ello supondría ingentes avances en la flexibilización laboral y profundización de una verdadera reforma tributaria y no la vigente, de carácter regresivo que favorece a los magnates con la disminución de impuestos y los endosa a la clase media, golpeándola y marginándola como a la huérfana clase trabajadora colombiana.