* Palabras al Margen

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El debate electoral

Entre los partidos políticos y candidatos que se presentaron en la primera vuelta, solo uno se presentaba como de izquierda: la alianza Polo Democrático-Unión Patriótica, con sus candidatas Clara López (presidencia) y Aída Avella (vicepresidencia). Los otros aparecían como representantes del Establecimiento. Esto hay que subrayarlo, ya que establece diferencias políticas. Sin embargo, el programa de seis puntos de “Colombia por buen camino” (López-Avella) no era alternativo y sin problema se hubiera podido integrar a cualquiera de los otros en campaña, con excepción obvia (Ramírez y Zuluaga) sobre el punto de apoyo al proceso de negociaciones con las FARC; tal programa ni siquiera podría catalogarse como socialdemócrata. Desde el ángulo de la izquierda de la izquierda (socialistas), llamar a votar en blanco en la primera vuelta era una percepción correcta de lo que estaba en juego: neoliberalismo, antidemocracia, soberanía tutelada (FMI, transnacionales, imperialismo) y continuidad de la guerra social; así literalmente ya que el debate electoral, y el voto, no partía del punto que “tomara más fuerza” (Nieto), sino del programa político.

Pues un programa político es un bloque de propuestas; el ciudadano vota por él como conjunto y no por cada una de sus partes. Los socialistas – que supieron participar en coyunturas electorales pasadas porque iban con el curso de los acontecimientos – tenían que diferenciarse, y así lo hicieron, llamando a los sectores campesinos, urbanos, populares, a la academia y a los intelectuales a la movilización política independiente frente al Establecimiento, así como criticando a la izquierda institucionalizada que, con la ruta trazada para el “buen camino”, inevitablemente conducía al apoyo del programa de Santos, como en efecto sucedió. El llamado a votar en blanco no fue pasivo como se sabe y se entendía, al menos por los socialistas, como protesta social y de movilización independiente programática frente al Establecimiento y frente al programa conciliador del Polo y la U.P.

El proceso para la segunda vuelta dividió aguas. El curso de los acontecimientos colocó el punto del conflicto armado – en los programas electorales, como bloque, de Santos y Zuluaga – en el centro del debate y eso no se niega. Entonces, desde los medios de comunicación, nacionales y extranjeros, desde las organizaciones sociales – Marcha Patriótica, burocracias obreras y ONG’s -, desde la academia y los intelectuales y desde sectores de la opinión ciudadana fue surgiendo la idea de que la alternativa entre los candidatos del Establecimiento, Santos y Zuluaga, se remitía a la de paz o guerra. Clara López, Iván Cepeda y Aída Avella – víctimas y dignos defensores de los derechos humanos – anunciaron su voto por la paz, es decir, por el bloque del programa de Santos; se sumó a ellos la Academia. Robledo y su gente lanzaron la consigna “Ni Santos ni Zuluaga”, regalando la segunda vuelta, como ellos mismos dijeron; o sea, la pasividad. Los socialistas (reducidos por Nieto a una personalidad) redoblaron esfuerzos y llamaron, de nuevo y correctamente y pese a lo reducido de sus fuerzas y sus divisiones, a votar en blanco denunciando la conciliación de clases y confrontando los programas de la derecha. ¿Atajo? Por favor…

El frente amplio por la paz

En la coyuntura fue surgiendo el movimiento, o grupo, como se quiera, así denominado. De entrada: era un aparato para apoyar el programa, como bloque, de Santos; ese era su logo, su sello. Algunos “progresistas” renunciaron a sus cargos para contribuir a construirlo (Alianza Verde y Progresistas, sectores de la U.P., sectores del Polo Democrático, USO, FECODE, Poder Ciudadano de Piedad Córdoba, burocracias obreras) y defender la solución política al conflicto armado y, en concreto, el proceso de negociaciones en La Habana. Oscar Iván Zuluaga, expresión del Uribismo pura sangre, “el peligro inminente” según Jaime Rafael Nieto, era el enemigo guerrerista que había que derrotar en las urnas para avanzar hacia la paz. Todos a una, como en Fuenteovejuna.

Y así se concretó la idea del mal menor. Para Nieto el voto por Santos (increíble, reivindicándose socialista lo justifica) fue una apuesta política táctica, que no significaba ni apoyo al gobierno de Santos ni mucho menos a su modelo de paz; cuatro años tendrán los colombianos para criticarlo y diferenciarse, por supuesto.

Ajá, el mal menor como táctica. Veamos.

En medio de la guerra civil española, Trotsky afirmaba al respecto: “… los obreros (coloquemos trabajadores, para que no se entienda como osificación) no defienden la democracia burguesa con los métodos de la democracia burguesa (Frente Popular, bloques electorales, coaliciones gubernamentales, etc.) sino con sus propios métodos (…) La guerra civil entre Negrín y Franco no tiene el mismo significado que la competencia electoral entre Hindemburg y Hitler. Si Hindemburg hubiera comenzado una lucha militar contra Hitler, entonces, esto hubiera sido el “mal menor”. Pero Hindemburg no era el “mal menor”, no llevó una lucha abierta contra Hitler (…) Sostener a Hindemburg contra Hitler significaba renunciar a la independencia política”2.

Lo que Jaime Rafael Nieto defiende es una estrategia. Y tiene nombre: Frente Popular, conciliación de clases, “así de simple” y muy a su pesar. Experiencias trágicas del pasado y el presente sobran: Alemania, Francia y España en los años 30, Chile en los 70, entre otras; en todas ellas, frente al peligro inminente, se llamó a votar por el mal menor (en medio de procesos revolucionarios, lo cual no es el caso en Colombia) y se armaron alianzas con sectores del Capital. En Colombia, el Partido Comunista surge de hecho en los 30 apoyando el programa gubernamental, en bloque, de la Revolución en Marcha de Alfonso López Pumarejo; en otra coyuntura también llamó a votar por Alberto Lleras Camargo frente al peligro inminente de Laureano. La Unión Patriótica, cuyo exterminio todos condenamos, fue otra experiencia de Frente Popular.

El Frente Amplio por la Paz, tan caro a la intelectualidad porque “significa la posibilidad estratégica, no sólo de convertir el proceso de paz en un proceso irreversible, sino de que la izquierda y el movimiento popular se conviertan en líderes y sujetos protagónicos de un proceso de paz …” (Nieto), es expresión de la conciliación de clases (recuérdese que hasta Rafael Pardo, ministro de Santos, estuvo en la mesa de instalación apoyándolo), una estrategia hacia el abismo. En la coyuntura electoral ¿se debió participar en él? NO. Era un aparato de apoyo al programa de Santos; nació con ese fin.

Pero supongamos que las condiciones de ese momento posibilitaban la participación en el Frente Amplio que, como táctica, los socialistas consideraran ingresar. En tal caso, y eso no es nuevo en las experiencias de los procesos político-sociales, la plataforma política ofrecería reivindicaciones propias del programa de transición y relacionadas directamente con un contexto de pos-conflicto sin existencia de guerrillas y sin paramilitares (modelo económico alternativo al extractivismo y al neoliberalismo, soberanía del pueblo frente a la troika – FMI, transnacionales e imperialismo -, solución política al conflicto, estatuto para la oposición, atención a las regiones con presupuesto adecuado, políticas de salud física y mental, medidas anti-corrupción, propuestas eco-socialistas, etc.). Tal plataforma básica sobrepasaría “los temas que hubieran tomado fuerza en el debate electoral”, y permitiría avanzar consignas específicas. ¿Qué otra cosa se podría esperar en medio de la trampa del mal menor? Un programa de tal naturaleza requeriría de personalidad política (“pasaporte político” lo denomina Trotsky) para lograr mantener la independencia de la movilización y confrontar el programa de la derecha (Santos y Zuluaga).

La historia: Kerensky, Kornilov y los bolches

Jaime Rafael Nieto ha apelado a la historia. Y a la autoridad política. Sea.

Digamos de una vez que tomar como modelo una revolución (¡nada menos!) para interpretar la coyuntura electoral colombiana de 2014 es, por lo menos, desacertado. Si se hubiese referido a momentos electorales en medio de la revolución sería algo mejor. Aludir al hecho militar de julio-agosto de 1917 para justificar sus (y las de los demás) imposturas políticas en una situación no revolucionaria es estar perdido, es haber dejado en casa el GPS.

A mediados de 1931 Trotsky analizaba la revolución española tomando como referencia los hechos en Rusia antes del triunfo. Criticaba la categoría de “socialfascismo”, creada por el estalinismo en el poder, y extraía lecciones de la experiencia política bolchevique de agosto de 1917. “Los mencheviques y socialistas revolucionarios en el poder, continuaban la guerra imperialista, defendían a los capitalistas, perseguían y arrestaban a los soldados, obreros y campesinos (…) Todo esto era suficiente para calificarlos de “socialfascistas”. Pero, como es sabido, en 1917 no existía ese término, lo cual no impidió a los bolcheviques acceder al poder. Después de las terribles persecuciones de julio y agosto, los bolcheviques hicieron frente común con los “socialfascistas” en los organismos de lucha contra Kornilov. A su salida de la clandestinidad Lenin propuso el siguiente acuerdo a los “socialfascistas”: «romped con la burguesía, tomad el poder, y nosotros, los bolcheviques, lucharemos por el poder de forma pacífica en el seno de los soviets»”3.

En “Las lecciones de la experiencia rusa”, Trotsky vuelve sobre el asunto en medio de la revolución alemana de comienzos de los años 30. Señala que Kerensky facilitó el arribo de Kornilov: “Durante el período de julio-agosto de 1917, el jefe del gobierno, Kerensky, aplicó realmente el programa del comandante en jefe Kornilov (…) El 26 de agosto, Kornilov rompió con Kerensky … y entró con su ejército en Petrogrado (…) ¿Cómo obró el Partido Bolchevique? No vaciló un instante en llegar a un acuerdo práctico con sus carceleros – Kerensky, Tseretelli, Dan y otros – para luchar contra Kornilov (…) Esto no impidió que los bolcheviques jugaran un rol dirigente…4.

Más clara la cosa no puede ser: frente único, ruptura con burguesía y dirección política.

Remarquemos los dos primeros, pues el tercero es obvio. El frente único se refiere a alianzas entre sectores diversos de los trabajadores, frente en el que la política que dirige es la de ellos; “marchar separados y golpear juntos” es la tradición. En tal coalición se lucha por la acción política independiente frente al Capital. La alianza conocida como Frente Popular es la coalición de los trabajadores con el Capital; “marchar juntos para ser golpeados por separado” es la tragedia. Segundo, la ruptura con la burguesía es el rechazo a cualquier conciliación y coalición con los sectores del Establecimiento.

Jaime Rafael Nieto escogió la Historia para justificar lo injustificable. Alumno aplicado pero perdió el examen. Sin embargo, tiene cuatro años para volverlo a presentar…

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1Ver: http://palabrasalmargen.com/index.php/articulos/nacional/item/notas-de-debate-sobre-la-coyuntura-y-los-socialistas?category_id=138
2Contra el “derrotismo” en España, en La revolución española, Vol. 2, Barcelona, Editorial Fontanella, 1977.
3Por la ruptura de la coalición con la burguesía, en La revolución española, op. cit.; cursivas mías.
4La lucha contra el fascismo en Alemania, Buenos Aires, Ediciones Pluma, 1973; cursivas mías.