* Palabras al Margen

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En aquel momento se leía aquella decisión, de no dar tregua, como una estrategia para cautivar a sectores de derecha, especialmente castrenses, que veían con desprecio la posibilidad de sentarse en igualdad de condiciones ante sus enemigos históricos. La misma razón que explica su benevolencia con el constante saboteo al proceso por parte del Centro Democrático y su impertinente Ministro de Defensa.

Sin embargo, el proceso ha tenido avances históricos desde entonces, se ha acordado más del 60% de la agenda en un periodo cercano a dos años. Esto es extraordinario en comparación con anteriores acercamientos entre ambas partes y tomando en cuenta que las negociaciones internacionales sobre conflictos armados de larga duración se han extendido hasta más de una década – caso de Guatemala, Salvador, Irlanda del Norte, Angola, entre muchos otros.

Por su parte, las FARC han mostrado disposición por medio de actos costosos e irreversibles; según investigaciones del CERAC, las FARC cumplieron en más del 95% el cese unilateral durante las elecciones. El informe del CERAC agrega: “no solo los grupos que no cumplían las órdenes del Secretariado ahora las cumplen, sino que cada vez hay un menor nivel de afectación en términos de víctimas”.

Timochenco decidió continuar los avances exploratorios, que hoy abren las puertas a una salida negociada, incluso tras el bombardeo que acabó con la vida de Alfonso Cano, antiguo comandante en jefe de la guerrilla y artífice de dichas exploraciones. Las repercusiones negativas de negociar en medio del conflicto han golpeado con mayor fuerza a las guerrillas que a ejército y policía. Hay que reconocerlo, las FARC no sólo han mostrado seriedad, sino además han evidenciado un alto grado de articulación en sus frentes, que han respondido, en la mayoría de los casos, a las decisiones tomadas por los altos mandos.

Me temo que los motivos para frenar las negociaciones poco tienen que ver con las prácticas, sin duda reprobables, empleadas por las FARC dentro de las dinámicas de confrontación armada. Responde a la búsqueda por generar acercamientos con sectores reaccionarios que tienen la capacidad de sabotear la implementación de los acuerdos negociados.

El que Uribe siga recibiendo información privilegiada, incluso sobre minucias de la liberación del General Alzate, demuestra no sólo su influencia e interés frente al proceso, sino además intención de estropear su desarrollo. Se veía venir desde que se planteó una posible reconciliación Santos-Uribe. Como decía Marta Ruiz en su columna Uribe, el cuero y el tigre: “Uno no puede darse la pela de jugársela por la paz, de matar el tigre y luego asustarse con el cuero”.

La generación de confianza en la construcción de acuerdos conjuntos no puede darse según condicionamientos específicos a una de las partes, pues de ser así, se llegará por medio de presiones a decisiones que no resultan favorables para todos los actores involucrados en el proceso. Esperar la benevolencia exclusiva de una de las partes, sólo hace frágiles los acuerdos y sus implicaciones a largo plazo.

Copiarle a los saboteadores no favorece la lucha contra el secuestro, la extorsión, el reclutamiento de menores o el narcotráfico, por el contrario, afianza las dinámicas de violencia, la generación de odios y le abre campo a la ininterrumpida violación de derechos humanos por parte del Estado, tan reprochable como cualquier infracción al Derecho Internacional Humanitario de los grupos guerrilleros.

La continuidad del proceso, y su firmeza, requiere de un inmediato cese bilateral al fuego, incluyendo la liberación inmediata de todos los secuestrados. Santos debe decidir si verdaderamente quiere la paz, o es una excusa para maquillar la violencia militar y económica que se imparte desde los atriles del Estado. Que recuerde que se le concedió un periodo de gobierno adicional, por y para continuar las conversaciones.