Andrés Caicedo

* Andrés Caicedo

Sociólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Estudiante de maestría en filosofía de la misma Universidad y estudiante de la maestría en literatura de la Universidad de los Andes, Colombia. Miembro del grupo de investigación en Teoría Política Contemporánea (TEOPOCO) adscrito a la facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Colombia. Dentro de sus principales intereses se encuentran los estudios feministas y de género, los estudios críticos del paisaje y la naturaleza, la filosofía francesa contemporánea y los estudios críticos animales.

Prácticamente como unos chillidos, como manifestaciones bocales vanas, infundadas y poco importantes aparecían hasta hace unos años las denuncias de muchas mujeres (si es que incluso se podían hacer audibles) hacia una forma de violencia cotidiana como el acoso. Bueno, aunque las recientes y penosas columnas de opinión de Antonio Caballero en Semana (“Acoso” y “Acoso 2”) parecen mostrar que no se trata solo de una cuestión del pasado. Sin embargo, lo que quiero señalar, es que tampoco se trata del mismo nivel de anonimato, de invisibilización y de silenciamiento. El marco de escucha masculino ha ido fisurándose y en esa medida, otras sintonías tocan hoy los oídos. Sí, el feminismo erosiona y combate privilegios. Lo que antes era percibido como un acto inocente de cortejo y conquista por parte de un hombre hacia una mujer, hoy puede ser reconocido como un acto que agrede e incómoda, en la medida en que ahora es posible escuchar que los cuerpos de las mujeres no son, precisamente, territorios disponibles a ser conquistados. Así lo han demostrado, por ejemplo, las masivas denuncias de acoso y otras formas de violencia sexual contra conocidos magnates, comediantes, empresarios, directores, presentadores y actores (en su mayoría “hombres blancos”) en los Estados Unidos. Igualmente, en este mismo país, tal y como lo expone Tania Tapia Jáuregui, en el ámbito universitario se han desplegado múltiples acciones encaminadas a denunciar el acoso y la violencia sexual1.

Por otra parte, “Nuestra palabra cuenta” fue el lema que encabezo las masivas marchas en varias ciudades de España el 25 de noviembre, Día internacional por la eliminación de la violencia en contra de las mujeres, del año pasado (2017)2. El lema, “Nuestra palabra cuenta”, evoca inmediatamente al menos tres cuestiones: por un lado, hacer visible y audible no solo la violencia que recae sobre el cuerpo de las mujeres por el hecho de “ser mujeres”, sino también el agresivo silenciamiento y, sobre todo, la solapada naturalización que supone dicha forma de violencia; por otro lado, el lema nos recuerda que los relatos y las experiencias atravesadas por la violencia de género cuentan e importan, y que nos importan a muchas, a pesar de los aún limitados recursos institucionales que se disponen para hacer las denuncias; finalmente, el plural evocado por el enunciado “Nuestra palabra”, no deja de ser una invitación a sumarse a una agrupación en movimiento, a una multiplicidad de cuerpos que permanece abierta, a un tejido plural volcado al contagio de nuevas alegrías moleculares.

A la vez, en Colombia, aunque aún muy limitado al contexto universitario, existen diferentes manifestaciones éticas y políticas que se han dirigido a atacar el acoso sexual y otras formas de violencia de género. Quisiera resaltar la juiciosa investigación que desde el 2017 ha venido realizando la revista VICE alrededor del acoso sexual en las Universidades (https://www.vice.com/es_co/topic/acoso-sexual-en-la-u). También en el marco de la acción política universitaria, el colectivo Rosario sin Bragas de la Universidad del Rosario, la colectiva Blanca Villamil de la Universidad Nacional de Colombia, la red de Apoyo PACA y la campaña NO es NorMAL de la Universidad de los Andes han desempeñado un papel muy importante no solo en la denuncia del acoso sexual al interior de las Universidades, sino en la producción de espacios y acciones que garanticen el cuidado y el reconocimiento de cualquier cuerpo sin discriminación de ningún tipo. Sin embargo, como lo manifiesta nuevamente Tania Tapia, este tipo de iniciativas aún se encuentran concentradas solamente en acciones de algunxs estudiantes y profesorxs, mientras que la política institucional de la mayoría de Universidades resulta aún bastante precaria3.

Para cerrar esta primera parte de este escrito, quiero señalar que en términos jurídicos, desde la legislación colombiana (artículo 210 A de la Ley 1257 del 2008), el acoso sexual es definido de la siguiente manera: “El que en beneficio suyo o de un tercero y valiéndose de su superioridad manifiesta o relaciones de autoridad o de poder, edad, sexo, posición laboral, social, familiar o económica, acose, persiga, hostigue o asedie física o verbalmente, con fines sexuales no consentidos, a otra persona”. Aunque evidentemente la existencia de la ley representa un avance institucional en la lucha contra la violencia de género, encuentro algo problemático en su enunciación: los verbos “perseguir”, “hostigar” y “asediar” son verbos con una carga de violencia manifiesta; en otras palabras, el acoso estaría definido como la puesta en acto de una acción explícita de violencia. Lo que quiero señalar no es que el acoso sexual no sea una acción violenta, sino que, más bien, en muchos casos el acoso opera desde procedimientos más “sutiles”, implícitos y subterráneos, sin que por ello la violencia desaparezca. Pienso en una manifestación literaria que me permite encarar de una mejor manera el problema.

Amor e impulso incontrolable

David Lurie es un profesor universitario que trabaja en la Universidad Técnica de Ciudad del Cabo (Sudáfrica). Un viernes, mientras va saliendo de la Universidad, David se fija en una de sus estudiantes, Melanie. Sin dudarlo se aproxima a ella y comienza a hablarle. Como nos lo manifiesta Coetzee, escritor de esta novela (Disgrace), que David parezca quedar repentinamente encantado por Melanie no es una novedad: usualmente, no es mucho el tiempo el que pasa para que David se “enamore”, otra vez, de una de sus estudiantes. En este primer encuentro, que se da justo en la Universidad en donde la forma de poder profesor-estudiante se siente profundamente, David, como es de esperarse, aparece ante Melanie muy seguro de sí mismo. Luego de invitarla a su casa, cerca de la universidad, y lograr que ella aceptara, David pasa de realizar preguntas y comentarios casuales (de dónde es, dónde vive) a hablar de la clase que ella cursa con él; más tarde, después de preguntarle por sus intereses literarios y por sus aspiraciones futuras pasa a invitarla a cenar, luego le ofrece un trago, luego pone música y la “invita” a bailar; finalmente, porque nunca es suficiente, le “propondrá” pasar la noche con él. Después de esa “invitación” y antes de rehusarla, Melanie le preguntará “¿Por qué?”, pregunta ante la cual David volverá a insistir. Veamos la conversación:

“-Eres encantadora -él dice-. Te voy a invitar a hacer algo indiscreto. (…) Quédate, pasa la noche conmigo.

– ¿Por qué?

– Porque debes- (…)

– ¿Por qué debo? En su voz se nota que está sin aliento. Siempre es excitante ser cortejada: excitante, placentero.

– ¿Por qué? Porque la belleza de una mujer no le pertenece sola a ella, esta es parte de la riqueza que ella le trae al mundo. Su deber es compartirla.” (16 Traducción propia)

El narrador de la novela nos informará que mientras sostienen esa “conversación”, David toca con su mano la mejilla de Melanie sin que ella realice ningún movimiento. Melanie únicamente, ante el presunto imperativo que tienen las mujeres con el mundo, a saber, compartir su belleza, tal como David, el profesor, se lo pretende develar-enseñar, responderá ingeniosamente lo siguiente: “-¿Y si yo ya la compartiera?” (16 Énfasis). Irónicamente, muy irónicamente, el narrador situándose voluntariamente en la escucha y en el mundo perceptivo de David nos dirá que mientras Melanie responde de esa manera, su voz se queda sin respiración debido, supuestamente al excitante placer, siempre al excitante placer de “ser cortejada” (16). Así, desde la escucha masculina, David se encuentra en una cruzada, en una campaña de conquista ante lo cual decide, “románticamente”, responder de la siguiente manera: “- Entonces deberías compartirla aún más ampliamente” (16). Nunca es suficiente para David, nunca lo fue, así se llegue a producir asfixia: no solo tiene claro que el deber de las mujeres es ser solidarias con el mundo y compartir su belleza, sino también, parece que es él, siempre él, el profesor, quien tiene claro hasta donde esa belleza se debe compartir.

Melanie no aguantará y se irá enseguida de la casa de David. El insistirá, la seguirá buscando. Luego de otros encuentros con Melanie, David será más adelante señalado y acusado de acoso sexual. Ante esta situación, sus respuestas, en diferentes instancias y ante diferentes personas, serán desconcertantes: impulsado, poseído y arrastrado por “Eros” dice haberse sentido; a la vez, él sostendrá que a nadie le importó, que a nadie le preocupó saber si él la quería, si él se había enamorado de ella. Así, abandonado al insaciable deseo, pero sobre todo a la inocencia del amor, nos manifiesta David haber estado condenado. A lo que voy al traer a discusión este apartado de Disgrace, es a intentar mostrar no solo la sutilidad que en muchos casos supone el acoso sexual al vestirse como un acto de cortejo y conquista, sino especialmente, intentar mostrar cómo a partir de una idea de amor y de deseo, como formas de sentir y de actuar presuntamente incontrolables, se posibilita y se mantiene el privilegio que tienen unos cuerpos, sobre todo masculinizados, de acercarse violentamente, pero con “sutilidad”,  a los cuerpos de las mujeres.

Sin embargo, aquí no acaba la historia. Luego de ser expulsado de la Universidad, David se va a vivir al campo con “su” hija. En algunas ocasiones Lucy y David tocan los temas del acoso y de la expulsión, temas ante los cuales la obstinación de David no hace más que pronunciarse: para él, la época en la que viven es muy puritana, pero a la vez, es muy lasciva: viven del espectáculo, de hacer de la vida privada un espectáculo público (66). La referencia a la “puritanidad” hecha por David gracias a la cual su acción fue juzgada y por la cual, para él, prácticamente pedían su “castración”, no es más que el síntoma de una molestia ante el privilegio que ha sido dinamitado: David, ya no tiene los mismos “derechos”, ya no es como “antes”; ya no puede actuar de la misma manera. A la vez, es claro que la distinción que pretende establecer David entre lo público y lo privado es un intento por restituir, a toda costa, la legitimidad de su privilegio: en su casa, en las conversaciones a solas con Melanie (su estudiante), en espacios cerrados, él debería poder desplegar su “amor” libremente, expresar sus formas de desear sin ningún tipo de censura.

Ahora bien, paradójicamente, es este mismo David, quien estará más enfurecido e indignado luego de que tres sujetos racializados como negros asaltan la casa, lo agreden a él y violan a su hija. Recordémoslo, Lucy, “su” hija, es violada en el campo, fuera de la ciudad, además por tres hombres negros. No se trata de no reconocer y no condenar la profunda violencia que ejercieron estos hombres, pero sí reconocer que en muchas ocasiones la claridad y la visibilidad de un crimen está asociada con los cuerpos que lo realizaron: como lo ha ejemplificado Angela Davis, la historia del reconocimiento de la violación como violencia y su respectiva criminalización en Estados Unidos ha corrido a la par de la criminalización y naturalización de los hombres negros como potenciales violadores. Si bien, Disgrace ocurre en Sudáfrica, ello no invalida el argumento, incluso lo intensifica: estamos hablando de un país que instauró un Apartheid, del país en donde, como lo muestra Alejandro Castillejo, lo peligroso, insalubre, lo animal y salvaje han sido asimilables explícitamente al hombre negro y a la sabana africana (10). La claridad de esa violencia es incuestionable para David, profesor de ciudad y hombre blanco. Es una violencia que, además, para él, Lucy sí tiene la obligación de hacer pública: es una violencia que sí importa; se trató de un crimen, no como en su caso, de un despliegue libre y natural de Eros, del deseo, del amor, del instinto que ahora debido a puritanismo, o al “victimismo” diría Antonio Caballero, es juzgado y condenado.

Bajo esta reflexión, para cerrar este artículo, me parece importante señalar, como lo han hecho diferentes colectivas y personas comprometidas en la lucha contra las diferentes formas de violencia sexual, que el acoso no se va a acabar simplemente castigando y señalando en un tribunal. Antes bien, se trata de un arduo trabajo encargado de generar espacios y prácticas de reconocimiento, respeto y cuidado en la vida diaria: videos, charlas, clases, foros, cátedras, posters, películas, artículos, campañas, emisiones televisivas y radiales, etc.  Esto no significa que se deban dejar de abrir y garantizar los procedimientos institucionales de denuncia que tanto hacen falta; pero sí significa tener totalmente claro que la violencia sexual no se va a acabar en los juzgados, en la espectacularización mediática y en los estatus disciplinarios. Se trata, en suma, como en este bello video del proyecto Mulheres no Audiovisual – PE, de la producción de espacios e instituciones que desborden los marcos institucionales estatales; instituciones que no asuman la separación entre lo público y lo privado como un axioma y en esa medida, que hagan de la vida en común una vida marcada por una ética-política del afecto y el cuidado en donde lo cuerpos sean reconocidos y valorados en sus múltiples mutaciones y posibilidades.

 

Referencias

Coetzee, J.M. Disgrace. New York: Penguin Books, 1999. Impreso.

Castillejo, A. De la nostalgia, la violencia y la palabra: tres viñetas etnográficas sobre el recuerdo: Nomadas, 2010. Web.

Tapias, Tania. “Abuso sexual en las universidades de Colombia: un enemigo silencioso”: VICE, 2017. Web: https://www.vice.com/es_co/article/mgvpnp/acoso-sexual-en-las-universidades-de-colombia-un-enemigo-silencioso

  1. Por ejemplo, este video realizado por un grupo de estudiantes de la Universidad de New York, con el apoyo institucional de la Universidad, es muy ilustrativo frente a formas creativas que han desplegado para combatir la violencia sexual y fomentar el reconocimiento de los cuerpos de lxs otrxs: https://www.youtube.com/watch?time_continue=117&v=TBFCeGDVAdQ
  2. Esta marcha se realizó en múltiples ciudades del mundo. Bogotá fue una de ellas.
  3. Ahora bien, esto no quiere decir desconocer la existencia de espacios como el Observatorio de Asuntos de Género de la Universidad Nacional. También son destacables la política de equidad de género con la que cuentan desde el 2012 la Universidad Nacional y desde el 2015 la Universidad del Valle. Igualmente, no se pueden obviar los estudios que ha realizado la Universidad de Antioquia y también la Universidad Nacional con el ánimo de conocer la situación de violencia de genero al interior de sus respectivos campus.