* Palabras al Margen

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Antes de emprender su campaña en el África, en la cual, previo a marchar contra los etíopes ya había conquistado a los egipcios, Cambises asesinó en secreto a su hermano Esmerdis, guiado por un augurio que presagiaba que alguien con ese nombre habría de sucederlo en el trono.

Al enterarse de la muerte de Esmerdis, a quien el Gran Ciro había nombrado gobernador de las provincias orientales del imperio, un grupo de medas cercanos al palacio urdió una conspiración en la cual uno de ellos se hizo pasar por el hermano del rey y declaró la rebelión.

Cuenta Herodoto que cuando Cambises fue informado del golpe de los medas, salió apurado a recuperar Susa, entonces capital del imperio, y al montar en su caballo se causó una herida en el muslo con su propia espada, la cual terminó por llevarlo a la muerte. Los egipcios opinaron que esto fue un castigo divino, porque cuando Cambises regresó de su fallida campaña contra los etíopes, llegó en medio de las festividades en honor al dios-toro Apis, y pensando que lo que celebraban era su derrota, mató al buey que habían seleccionado para el ritual de sacrificio, dándole una puñalada en el muslo, el mismo muslo que luego habría de perforarse en su afán de retomar aquella ciudad que de no haber matado a su hermano no hubiera perdido.

Otras fuentes dicen que Cambises se suicidó al comprender que no iba a poder recuperar Susa, en parte porque la población de la capital prefirió el gobierno de los usurpadores sobre el despotismo legítimo del monarca. Más allá de esta discordia, lo cierto es que hubo un grupo de aristócratas persas, entre quienes se encontraba el futuro rey Darío, que planearon su propia conspiración y mataron a los medas que se habían apropiado del trono.

Tras esto, hubo un debate sobre el tipo de gobierno que habría de imponerse en el imperio. En defensa de la democracia, surgió la voz de Otanes, el más viejo y sabio entre todos, quien además había liderado la acción contra los medas, ¿cómo podía ser buena la monarquía, preguntaba Otanes, cuando ésta le otorga al monarca poderes ilimitados, dándole la posibilidad de cometer actos como los de Cambises?

En defensa de la aristocracia habló Megabizo, quien respondió al argumento de Otanes resaltando que sin importar lo malo que pueda llegar a ser un rey, sus falencias son preferibles a la necedad y la insolencia de la muchedumbre. Por esto, opinaba Megabizo, la mejor solución era elegir un grupo conformado por las personas de ‘mejor valía’, para que éstas fueran quienes gobernaran.

Finalmente, Darío confirmó la valoración que Megabizo había hecho de la democracia y le agregó otra crítica a la aristocracia, en la que surgen odios y envidias entre los miembros de la camarilla gobernante, que de manera inevitable degeneran en traiciones, guerras y miserias. Por eso, decía Darío, entre lo mejor de las tres posibilidades: la mejor democracia, la mejor aristocracia y la mejor monarquía, la opción superior era la de ese gran monarca que en el caso en cuestión resultó ser nada menos que él mismo.

Vale la pena recordar este episodio, ahora que el modelo que llaman de ‘democracia representativa’ parece haber tocado fondo. Ejemplos como las elecciones presidenciales de Colombia y parlamentarias de los EEUU en 2014, presentan una gama de candidatos que, en lugar de representar la voluntad de sus electores, representan los intereses de minorías privilegiadas.

Entonces, ¿qué tan grande es la diferencia entre eso que hoy llamamos democracia y lo que Megabizo definía como aristocracia?

Teóricos que han sido catalogados como ciber-utópicos, como Lev Manovich o Lev Grossman, han visualizado escenarios en que las tecnologías digitales permiten implementar sistemas de gobierno en los cuales los ciudadanos elijen entre proyectos y políticas específicas, en lugar de estar eligiendo entre ‘líderes’ que han de tomar todas las decisiones por ellos.

Desde un punto de vista tecnológico, la programación e implementación de este tipo de sistemas no excede el potencial informático del presente. El problema radica en el factor humano: en esa sociedad civil que, como elemento de lo que Habermas definió como la esfera pública, prefiere conservar ese rol que fluctúa entre víctima pasiva y observador indolente frente a los abusos de los grandes poderes.