* Palabras al Margen

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Sin embargo, a causa de ese afán se dejó de tener en cuenta uno de los aspectos primordiales del método científico, y es que en éste, una vez se comprueba que una idea no es válida, ella es rechazada de inmediato, sin importar qué tan lógica pudiera haber sonado en un principio.

Pero, ¿se puede certificar de manera científica la validez de una teoría política? ¿o de un modelo de sociedad?

El final del Siglo XX estuvo marcado por el colapso de otro estereotipo más: el llamado ‘experimento soviético’, el cual sirvió para que el neoliberalismo dogmático se impusiera como una verdad pseudo-científica (una suerte de frenología económica) que pregonaron los vencedores de la Guerra Fría, hasta el punto de declarar con triunfalismo pomposo ese ‘fin de la historia’ del que hablaba Fukuyama (1989). Por otro lado, décadas de feudalismo petrolero guiaron a Venezuela hacia el llamado Socialismo del Siglo XXI, que no fue más que un Frankenstein tropical del Comunismo del XX.

Y aunque no es la única, ni necesariamente la principal razón por la cual las sociedades modernas se la pasan rebotando entre los radicalismos de turno, el hecho de interpretar el estudio de las relaciones humanas como una ciencia (particularmente en regiones periféricas como Latinoamérica) ha ayudado a que se imponga una visión monolítica del progreso, la cual ha contribuido a la preservación de las estructuras políticas, económicas y sociales del colonialismo.

Por eso, desde este humilde lugar, deseo abogar por una nueva interpretación, en la que más que de ‘ciencias’ se hable de ‘artes’ sociales: entendiendo que la rigurosidad y el empeño de un verdadero artista no es por definición menor que la de un científico. Pero, a diferencia del científico, el artista no trabaja con verdades matemáticas sino con sensaciones y percepciones equívocas y relativas, las cuales lo llevan a revolver la basura en busca de ideas previamente desechadas.

Esto significa estar dispuesto a cuestionar todo aquello que venga con tinte de dogma, incluyendo eso que hoy conocemos como democracia. Y este cuestionamiento, además de indagar qué tan democráticas son las sociedades del presente, también debe preguntar hasta qué punto la democracia (incluso en su estado más puro) es un sistema sostenible; o si por el contrario es el camino más rápido hacia la extinción de la especie. De ser así, también se haría necesario sopesar que es mejor: desaparecer en libertad o sobrevivir bajo el yugo de una tiranía científica.