* Palabras al Margen

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Se ha escrito con suficiencia sobre las múltiples incoherencias de un influyente sector del empresariado colombiano, y sus representantes en las instituciones, frente a la transformación de las desigualdades sociales, mostrando que en los casos más determinantes #SoyCapaz se declara impedido. Por tanto, no pretendo repetir aquella extensa y recorrida lista de ejemplos, sino ahondar, desde un análisis teórico, en las motivaciones que se esconden tras dichas contradicciones.

Mi reflexión, en un inicio, giraba en torno a la paz, sus vacíos y requerimientos. Sin embargo, desde allí no encontraba con claridad un fundamento sólido que me ayudara a comprender el fenómeno en cuestión, pues ya me enmarcaba en una aspiración utópica, opuesta al statu quo que dicho sector quiere preservar. El análisis requiere tomar distancia del Reino de los Fines e inmiscuirse en los medios que impiden la transformación. La clave, a mi parecer, está en la violencia.

Entre las diversas formas de violencia, la más fácil de percibir es la directa -o subjetiva en términos del filósofo esloveno, Slavoj Žižek-, la cual es ejercida físicamente de un individuo a otro, ambos con nombres y apellidos. Por esa razón fundamental es la más visible, es cruda y desvergonzada, su ejercicio es evidente y su dolor fácilmente transmisible (tiros, puñaladas, bombas, masacres, fusilamientos, minas anti-persona, etc.).

La violencia sistémica -o estructural, como la denomina Johan Galtung-, es una violencia invisible pero objetiva, generada por las estructuras injustas de poder en la interacción de los sistemas político y económico, que generan fuertes contradicciones acarreando diversos padecimientos sociales (extensivas hambrunas, muertes por enfermedades perfectamente curables, falta de acceso a sistemas de salud o educación, etc.). Es ésta la que mantiene contados privilegios e infinitas marginaciones, pero su ejercicio es invisible, imperceptible, sólo son evidentes sus catastróficos resultados, como la black matter en la física.

La violencia objetiva es la que abona el terreno para el ejercicio de la violencia subjetiva, es decir, las desigualdades sociales y sus implicaciones negativas generan un nivel de necesidades humanas tan complejo, que posibilita fuertes convulsiones sociales violentas. No resulta fácil identificarla con claridad, pues su responsable directo es el sistema en sí. Pero claro, como en todo sistema, hay burocracias que mediante sus interacciones permiten su alimento y constante reproducción.

Por tanto, tal y como alerta Žižek, se utiliza recurrentemente el llamado “SOS” sobre las diversas formas de violencia que suponen agresiones corporales, o agresiones a propiedad como fue el caso de la organización “Weather Underground” o los denominados movimientos “Black Block” en Europa y EEUU. Los sectores que propician y reproducen las desigualdades sociales no buscan esconder las prácticas de violencia directa, por el contrario, las denuncian recurrentemente, generando un falso sentido de urgencia frente a dicho llamado SOS humanitario.

Al respecto recordé el proyecto “Una vaca para la paz”, de FEDEGAN. Se intentaba hacer un llamado de urgencia SOS, caritativo y emotivo, sobre los apoyos que el proyecto representaba ante unos pobres campesinos echados a su suerte. Al mismo tiempo, afianzaban discursos latifundistas y guerreristas, donde la actual congresista, María Fernanda Cabal, y el Ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, eran sus más fieles escuderos.

Un trato similar se les da a las Zonas de Reserva Campesina (ZRC), donde se continúa resaltando el problema agrario como una causa directa y sin resolver de la violencia histórica. A su vez, se impulsa el proyecto de ley PL 133-2014C-Terrenos Baldíos (sic), que busca flexibilizar la reglamentación para legalizar las ilegales acumulaciones de baldíos por parte de mega proyectos y multinacionales y, continuar una política agraria en contra del campesinado y a favor de los grandes capitales. La contraofensiva de la denominada ley Urrutia.

Žižek lo relaciona con una estrategia para desviar la atención de los verdaderos fundamentos de la violencia, de las condiciones materiales que permiten su autoreproducción, centrando el foco de atención en las respuestas de violencia directa, a lo que posiblemente Walter Benjamin se refería con la violencia pura y Theodor Adorno con la violencia de la defensa.

Al respecto viene a colación un chiste famoso, donde una mujer vuelve del trabajo más temprano de lo habitual y encuentra a su marido con otra. El hombre indignado le pregunta, “¿Por qué vuelves antes del trabajo?”, la mujer exclama, “¿Qué haces en la cama con otra?”. El marido la mira con desprecio y aún más escolarizado le grita, “¡Te hice una pregunta primero, no me cambies el tema!”.

Los llamados SOS humanitarios invisibilizan, cada vez más, una violencia que es de por sí ya invisible, haciendo incuestionables los modelos de desarrollo y las verdaderas causas estructurales que sostienen las prácticas de violencia en sus diversas formas. Žižek nos dice: “debemos resistir el efecto de fascinación por la violencia subjetiva”, con el fin de identificar una articulación más compleja y más invisible.

Esa resistencia resulta imprescindible, pues de lo contrario se pierde perspectiva frente a la complejidad en el ejercicio de la violencia y se naturalizan las desigualdades generadas por injusticias sistémicas. La pobreza se vuelve parte del paisaje y, como decía Garzón, “un niño limpiando vidrios en la calle es parte del folklore”.

El amigo que motivó mi interés en la anterior reflexión estará en total desacuerdo. Es parte de una familia que ha sabido guardar sus méritos a través de ininterrumpidos esfuerzos y aprovechando sus privilegios para crear empresa y generar trabajo. ¿Qué tiene que ver el empresariado con el flagelo de la violencia?, se preguntará. Probablemente tenga todo que ver.

No percibe las relaciones desastrosas que se dan entre las estructuras productivas y las condiciones sociales, pues ve en el actual sistema económico una verdadera patria para la meritocracia. Lo considera ciencia y no lo que verdaderamente es, ideología.

El empresariado debe tener una mayor conciencia y responsabilidad sobre las implicaciones de sus labores productivas, pues pueden estar íntimamente ligadas con la violencia que, con tanta pomposidad, se proponen denunciar.