* Palabras al Margen

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Así como esos reformadores de la triste realidad alemana querían mostrar que al ser humano le debe corresponder una verdadera esencia más humana y justa a través de meros slogans filosóficos, parece que nuestros empresarios quieren bombardearnos con una muestra de tolerancia “poniendo el ejemplo” para una sociedad justa. La hipótesis de las compañías y sus representantes es la siguiente: si nos topamos con las palabras “soy capaz” en un vaso de café, en un cajero electrónico, en una emisión de radio o televisión, vamos a ir derrumbando la realidad existente y lograremos mostrarle a los ciudadanos que una Colombia en paz es posible. Tenemos así que si un empresario “x” demuestra un acto de solidaridad poniéndose en el lugar de los otros, tendremos una sociedad más justa y tolerante. Creo que seríamos muy ingenuos si creyéramos en que si acogemos la lección de las compañías más ricas del país, vamos a tener un país distinto. Siguiendo las palabras del prólogo del texto del joven Marx me gustaría traer el siguiente caso ejemplar:

“Una vez, un hombre bizarro creyó que la gente se ahogaba en el agua sólo porque estaba obsesionada por la idea de la gravedad. Si la gente se quitaba esta idea de la cabeza, por ejemplo, calificándola de idea supersticiosa, religiosa, estaría por encima de todo peligro acuático”.

Parece que la campaña cree que el conflicto armado en Colombia se originó bajo la obsesiva idea de que nos queremos hacer daño, de que el otro es una amenaza y que hay que acabarlo cueste lo que cueste. De ahí que la forma más efectiva, para nuestros emprendedores, sea la de combatir esa obsesión a través de posturas empáticas y tolerantes hacía la diferencia. Me explico, pareciera que a juicio de un gran empresario, que ha logrado obtener riqueza de una forma indiscriminada a través de la competencia más salvaje, existe violencia porque nos dejamos meter el cuento en la cabeza de que hay que hacerle daño al otro. Al igual que el hombre bizarro, los hombres más ricos del país creen que debemos dejar de obsesionarnos con la idea de que la naturaleza humana es violenta, y que esa es la única explicación plausible para el conflicto que se vive en el país.

Los empresarios y los jóvenes y viejos espíritus que promueven esta campaña quizás olviden que la realidad colombiana no se corresponde con los castillos imaginarios que pretenden construir. Tenemos un sistema de educación superior al borde del colapso, la salud es un privilegio para quienes tienen ingresos altos, la precarización laboral se convirtió en la norma de las condiciones de trabajo de la gran mayoría de ciudadanos, etc. Creo que la campaña olvida la “ley de la gravedad”, es decir la realidad deplorable de nuestro país. Y si no hay un cambio sustancial en las formas concretas de la vida de la inmensa mayoría de personas, no valdrá de nada que un cajero electrónico o un vaso de café nos diga que debemos ser capaces de ponernos en el lugar de los otros. No estoy diciendo que el ejercicio mental de ponerse en el lugar de los otros sea imposible o indeseable, lo que quiero decir es que este ejercicio mental no se corresponde con nuestras condiciones vitales de existencia, las cuales nos obligan a sobrevivir en un país ausente de oportunidades para una vida digna.

Si la paz consiste en pueriles ejercicios mentales a través de mensajes vagos y sin mucho contenido, no creo que dejaremos de ahogarnos en el agua, o más bien, en el fango. Me resulta indecoroso e inaceptable que multimillonarios estén imponiendo sus visiones de paz y sus formas de ver la reconciliación con fines de competencia económica, sin fijarse que la comodidad que ellos tienen en este momento es el reflejo alterado de la pobreza de la muy inmensa mayoría. Creo que el gesto sería muy distinto si estos empresarios se impusieran a sí mismos tasas de tributación justas para que haya inversión real en la mejora de los sistemas de seguridad social y en la educación. No obstante, ellos prefieren no ceder y optan por promover la tolerancia cuando están inmersos en una competencia económica que está alimentada de un voraz apetito de tener cada vez más dinero.

Para finalizar me parecería interesante traer un curioso caso. En la Universidad de los Andes, institución educativa en la que estudian los hijos de la oligarquía –y de clases acomodadas- y unos cuantos becarios a los cuales me sumo, parece que quiere dar el ejemplo de cómo ponerse en el lugar de los otros. El Consejo Estudiantil Uniandino (CEU), siguiendo el ejemplo emprendedor de nuestros multimillonarios, logró convencer a las directivas de la Universidad a abrir por un día las instalaciones a los ciudadanos del común. Como es bien sabido, en esa universidad hay unas medidas excluyentes e impresionantes de seguridad: existen torniquetes, cámaras de seguridad, celadores con perro casi por todo lado, etc. Ahora bien, muchos de sus estudiantes quieren dar ejemplo bajando los torniquetes de seguridad para que los ciudadanos entren y se deleiten de las instalaciones de la Universidad. Pero ojo, la medida es de un día (martes 16 de septiembre), en la opinión de estudiantes y directivas sólo un día será suficiente para que los ciudadanos entren en el campus universitarios y se acerquen a una comunidad de estudiantes cuyas matrículas ascienden casi a los 13 millones de pesos semestrales (18 millones en el caso de medicina).

Los hijos de los acomodados y de los oligarcas de nuestro país creen que con el hecho de integrar por un día a quienes no pueden acceder a una matrícula millonaria, están transformando al mundo. No se preguntan por qué se paga tanto en esa universidad, tampoco por las causas estructurales del conflicto colombiano ni les interesa abrir el debate acerca de los problemas estructurales en sus aulas; más bien les interesa sentirse cómodos cumpliendo con la labor altruista del día, de la semana, del año o de sus vidas. Creen que la inmensa división entre pobres y ricos es un dato natural y que la sabia genética se ha dado a la tarea de brindarle capacidades a los mejores.