* Palabras al Margen

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Una de las razones para que exista una cercanía entre el malestar económico y un posible ascenso del fascismo es que, en los tiempos de crisis, existe una curiosa y suspicaz coincidencia en condenar las agendas políticas y económicas de izquierda, por parte de los sectores liberales y de la extrema derecha: ambos coinciden en apelar a que la izquierda no sólo es una amenaza para la sociedad, sino que es la culpable de la crisis por sus políticas insostenibles de expansión del gasto social. La reacción vehemente del liberalismo económico, al defender el mercado de la «amenaza comunista», sólo ayuda a dejar en el aire la idea de que la única alternativa aceptable a los gobiernos tradicionales es la extrema derecha, pues una hipotética victoria de las fuerzas de la izquierda constituiría el peor de los mundos posibles. La defensa de las instituciones liberales y del mercado frente a la «amenaza» de la izquierda muchas veces termina siendo un empujón a las vías y experimentos fascistas que contradicen explícitamente lo que se quería defender. Se trata de una de las paradojas más terribles cosechada en la relación entre democracia y capitalismo, que al volverse una relación incuestionable, crea una democracia que es capaz de suspenderse y abolirse a sí misma con tal de no caer en las supuestas garras de un terror rojo.

En estos momentos Europa padece esa paradoja de lo que solemos llamar democracia: la destrucción del Estado de bienestar y de las garantías sociales, e incluso la violación de preceptos básicos liberales como el debido proceso en el trámite de las deudas bancarias, se convierte en el ejercicio «responsable» y «democrático» de las élites tecnocráticas. Como ha sucedido en América Latina y en Colombia, la democracia sólo consiste en evitar la democracia a toda costa, construyendo un mundo en el que no hay nada que decidir y, por ende, no hay participación popular ni ciudadana, porque todo está decidido de antemano por la ley y los criterios de «eficiencia» del mercado. Democracia se ha convertido en sinónimo de administración, lo cual es un contrasentido, pues la idea de democracia implica que hay cosas que no deben ser simplemente administradas, sino que tienen que ser discutidas por cualquiera y no por organismos especializados o por las Altas Cortes.

Y esta paradoja parece hacerse aún más grande cuando el país, que es reconocido por varios como la «cuna de la democracia», está atado a estos efectos perversos: Grecia. La sociedad griega ha sido víctima del empobrecimiento y del masoquismo del dogma neoliberal que condiciona la existencia misma de las personas a un concepto extraño de la eficiencia, que ni siquiera busca asignar más y mejores recursos para todos (pues es capaz de arrancar a la sociedad la satisfacción de las necesidades más básicas), sino que iguala acríticamente eficiencia con producción de ganancias y no con producción de bienestar para la sociedad. Pero Grecia es de interés no sólo porque permite rastrear la brutal trayectoria de la paradoja de la democracia, sino porque la coalición Syriza, que en griego abrevia el nombre de «coalición de izquierda reivindicativa», ha impedido que el partido fascista Amanecer Dorado pueda hacerse con la representación del descontento.

De hecho, Syriza no tiene la única virtud de contener el ascenso del fascismo, sino que en este momento es la fuerza política con más votación en Grecia, de acuerdo con los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo celebradas en mayo, en donde la coalición de izquierda obtuvo algo más de 200.000 votos por encima del partido de derecha liberal Nueva Democracia. Y los sondeos de opinión en Grecia ponen a Syriza por encima de Nueva Democracia, con tres puntos en el peor caso y con once en el mejor, si se celebraran elecciones parlamentarias en este momento.

El éxito de Syriza se debe a que abandonaron dos dogmas que han acompañado a las prácticas tradicionales de la izquierda. El primero es darse cuenta que la izquierda no tiene al pueblo debajo del brazo y que por sí misma no es una opción popular, sino que tiene que llegar a serlo. El segundo es poder mostrar a la sociedad griega que no hay nada que perder. El líder de Syriza, Alexis Tsipras, siempre ha argumentado que Grecia no perdería nada si renegocia con la Troika la composición de la deuda y las políticas de austeridad: si Grecia se sale del Euro, la unión Europea y los bancos alemanes serían incluso más perjudicados, pues ninguna deuda sería saldada con ellos y Alemania podría entrar en graves aprietos si esto sucede, pues colapsaría su sistema financiero.

El mensaje de Syriza es claro: la gente no necesita de los bancos, sino los bancos necesitan de la gente. La verdad es que Alemania necesita de la Europa del sur para sostener sus bancos a flote y evitar el colapso. Por ello, un triunfo de Syriza en Grecia podría llegar a revertir, al menos en cierta medida, el destino de Europa. Lo haría con mucha más fuerza si, como ha venido sucediendo, Syriza crea lazos con otras fuerzas políticas progresistas del “sur” de Europa, como Podemos en España o Sinn Fein en Irlanda, ya que la salida de tres economías del Euro supondría el derrumbe del sistema económico europeo y, por lo tanto, la quiebra de Alemania. Contrariamente a lo que dicen algunos analistas económicos, las armas de la negociación con la Troika están más del lado de las fuerzas progresistas y de los países del sur, pues no tienen nada que perder. La alternativa al Euro no es el caos, sino otra Europa posible que muestra que la democracia puede triunfar sobre el mercado.