* Palabras al Margen

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Quisiéramos introducir aquí tres tomas contemporáneas: la toma del barrio «La Nueva Esperanza», en San Vicente (2012); la última toma en Lugano en marzo de 2014, que tuvo lugar a algunos metros del predio que había sido el escenario de una toma dramática, que derivó en un fuerte cruce entre los gobiernos porteño y nacional en una campaña xenofóbica por parte del jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, y en la creación, por parte del gobierno nacional, de un ministerio de la seguridad. Por último, está la instalación, en mayo de 2014, en el epicentro de la capital federal al lado del obelisco, de la «carpa villera», iniciativa sostenida por la corriente villera independiente.

San Vicente es una localidad del extremo sur del área metropolitana bonaerense. Una zona rural, que se puebla cada vez más, a medida que avanza el cordón formado alrededor de la capital argentina. En junio del 2012, más de 200 familias ocupan un predio situado en Alejandro Korn, en el municipio de San Vicente. Los primeros días dijeron sus habitantes, fueron como columnas de hormigas: la gente entraba todo el día, toda la noche. Armaban las carpas y las casillas. A los pocos días de la toma, en pleno inverno, hubo una tormenta. Las familias se dieron cuenta que el predio se inundaba, o mejor, se transformaba en laguna. En algunos de los puntos más bajos el agua podía alcanzar un metro, pero a pesar de esto las familias se quedaron. Con el tiempo, las casas más inundadas se desplazaron hacia puntos más altos en donde había menos agua. Los vecinos trazaron calles, dejaron el espacio libre para una plaza y una cancha, instalaron la luz y algunas construcciones de material.

Desde los primeros días de la toma, las familias entran en conflicto con el municipio de San Vicente. Es que en esta zona los terrenos vacíos son numerosos, pero tienen un uso de destino: abundan los conjuntos cerrados. Alrededor de San Vicente, por las rutas de acceso a la ciudad, se puede ver una fila de conjuntos sin terminar: algunas casas muestran el ejemplo, y los arbolitos, los cercos y los medidores de electricidad esperan sus futuros dueños. Se murmura por los alrededores que estas construcciones, aun sin habitantes, es una buena manera de invertir dinero sospechoso. Se dice también que la toma de La Nueva Esperanza, nombre que le dieron sus habitantes, molesta mucho: el predio ya habría sido vendido por el municipio para la construcción de otro conjunto residencial. Este punto es problemático: los vecinos, en los dos años de existencia de la toma, buscaron al dueño de las tierras. No lo pudieron encontrar. Había una dirección en el catastro: fueron allí y se encontraron con un departamento donde nadie sabía nada de la supuesta empresa dueña de las tierras.

En febrero de 2014, en el verano porteño, se escucharon bombos en la plaza de mayo. Eran los vecinos de la Nueva Esperanza. Hacía dos semanas que habían recibido una orden de desalojo para el 17 de febrero. Las marchas en frente del municipio no aportaban nada. En pleno verano, había muy poca gente para apoyarlos, pero no les importó: fueron a ocupar la Plaza de Mayo, en frente de la casa del gobierno. Se quedaron en pleno sol hasta que los recibieran. Faltaban cinco días para el desalojo. En la asamblea del barrio la gente estaba preocupada: los vecinos estaban decididos a no abandonar el predio, muchos estaban armados. El desalojo estaba previsto para el lunes. El sábado por la tarde, los delegados de la asamblea recibieron un llamado de los funcionarios de tierras de la Secretaría de la Nación: habían encontrado el verdadero dueño de las tierras. Estaba dispuesto a donarlas a los vecinos. La aparición tan inesperada como misteriosa del supuesto dueño disminuyó la preocupación por el desalojo que tenían las dos partes. El día del desalojo la policía no se hizo presente y se anunció por teléfono a los vecinos que tenían un plazo de dos meses antes de una reevaluación de su situación. Hasta el día de hoy no han tenido más noticias.

En marzo de 2014, otros centenares de familias ocupaban un predio lindero a la Villa 20, en Lugano1, en el suroeste del territorio de la capital federal. Este predio era conocido: años atrás, pertenecía a la policía federal y albergaba un cementerio de autos involucrados en crímenes. Los habitantes de la villa 20 pidieron durante años su saneamiento, pues el plomo que goteaba de la chatarra contaminaba el agua de la villa. En el marco de esta protesta, la villa se había extendido a una nueva manzana. Poco después, en diciembre de 2010, a algunos metros de la Villa el parque Indoamericano fue ocupado. Relatábamos lo dramático de esta ocupación en octubre de 2013, en una columna de Palabras al Margen2. En este espacio tan conflictivo apareció, entonces, en el mismo lugar de donde habían sido retirados los autos, una toma que adoptó el nombre de « Papa Francisco ». Varios puntos se destacan en esta toma: el desalojo fue ordenado, la gendarmería llegó hasta el lugar y luego de unos minutos recibieron la orden de retirarse. Muchos de los ocupantes venían de la misma Villa 20, donde los alquileres son muy altos. Más allá de las denuncias hechas sobre la intervención de grupos políticos en la organización de la toma, llama la atención, en este caso, la conflictividad de la zona. Situada al borde de la capital, esta zona está rodeada por un hipermercado, cruces de autopistas y barrios de edificios. Las repetidas ocupaciones de los terrenos, así como los diferentes destinos de las tomas, muestran tanto la falta de lugares donde vivir, como la creciente especulación inmobiliaria en una de las últimas zonas construibles de la capital. Mientras tanto, a dos meses de la ocupación, la situación de las familias se instala en la precariedad. Acumulan reuniones donde no se llega a ningún acuerdo. La cantidad de ocupantes creció y las habitaciones precarias se fueron acercando poco a poco al estado de casillas. Sin embargo, agrupaciones políticas ligaron esta toma a la iniciativa de la « Carpa villera » que pasaremos a relatar, y difunden la consigna de no construir en material, para poder pedir un barrio urbanizado, antes de agrandar el perímetro de la villa otra vez.

Es en este contexto que, en abril de 2014, la Corriente Villera Independiente instaló su carpa en frente del obelisco, en pleno centro porteño, exponiendo así a plena luz los reclamos que sostiene. Estos están dirigidos particularmente a Mauricio Macri3 y piden por el cumplimiento de los planes de urbanización de las diferentes villas de la capital, la regularización de los alquileres que se cobran por las piezas en las villas, el control de las empresas y de las cooperativas que trabajan allí, y por último y sobre todo, la no criminalización de la pobreza. Estos reclamos están acompañados por huelguistas de hambre, mesas de información sobre la protesta en 100 puntos de la capital y jornadas de trabajo colectivo, todos los sábados, en las villas porteñas.

A pocas semanas de la ola de linchamientos que tuvieron lugar en Argentina, donde se llegó a linchar a ladrones atrapados por la gente, el reclamo por la no criminalización de la pobreza suena aún más fuerte. Mientras la falta habitacional sigue presente, y mientras se quiere desalojar a un barrio construido por familias humildes, sin ayuda, por haberse apropiado de un predio cuya situación legal carece de claridad, la presencia de la carpa villera en pleno Buenos Aires tiende a dar la cara del pobre en la ciudad. La toma del espacio público, en esta protesta, busca revertir los discursos hostiles, las asignaciones identitarias y la falta de políticas públicas en torno al pobre, al villero.

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1Barrios de viviendas precarias y con deficiencia en infraestructura.
2http://palabrasalmargen.com/index.php/articulos/internacional/item/versatilidad-de-la-figura-del-extranjero-el-peligro-extranjero-la-toma-del-indoamericano?category_id=139
3Alcalde de Buenos Aires