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* Palabras al Margen

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A los diez años fue traído a Bogotá a un internado para estudiar con los Hermanos Cristianos y contó con una beca de la Sociedad de San Vicente de Paúl. En el nuevo hogar se encuentra con indígenas paeces, guambianos y de otras partes del país. Esto le abre los ojos sobre la condición de opresión que vivían los pueblos originarios de Colombia. Dice haber vivido los eventos del 9 de abril de 1948 en la capital, de los que recuerda que la policía se sumó a los manifestantes. Nuevamente le sale su rebeldía al discutir en tercero bachillerato el tema de las Cruzadas en contraste con el mandamiento de No Matar. Comenzó a tener problemas con los religiosos, quienes decidieron que Trino debería regresar a su tierra, como en efecto lo hizo sin haber terminado bachillerato, pero con suficiente conocimiento de la letra castellana y de las leyes colombianas como para fungir de “tinterrillo” entre los suyos. Pero todavía no conocía la famosa Ley 89 de 1890 que garantizaba la existencia de las comunidades indígenas. Inmediatamente regresó al Cauca fue nombrado maestro de escuela para “tapar huecos”, que eran abundantes en el sistema educativo colombiano a mediados del siglo XX. De esta forma recorrió todo el departamento hasta cuando en Totoró tuvo un accidente en bicicleta que lo obligó a hospitalizarse y luego huir del centro de salud para regresar a Guambía.

Ese retorno a su tierra natal no fue fácil, pues había pasado mucho tiempo fuera del resguardo y había olvidado no solo las costumbres guambianas sino su propia lengua. Además Colombia y en particular el Cauca, estaban sumidos en la espiral de violencia de mediados del siglo XX. Como el municipio de Silvia era liberal, se sentía el peso de la ofensiva oficial por conservatizarlo y por ello fueron asesinados dos dirigentes del cabildo. Nuevamente las Lauritas le dieron la mano y lo emplearon en oficios varios en torno a la iglesia. Trino aprovechó sus conocimientos jurídicos para dar consejos a los comuneros y terrajeros, y con ayuda de las misioneras organizó charlas educativas después de la misa dominical. Aunque ellas le tenían aprecio, lo vieron con creciente temor pues les discutía su fe. Así comenzó a tener fama de “comunista”. En medio de esos encuentros comunitarios brotó el reclamo de tierras en una época, como la de comienzos de los años sesenta, en la que se volvía a hablar de reforma agraria. Trino descubrió en esos años la Ley 89 y fue perfilando mejor la demanda de tierras de los pueblos originarios del Cauca. Hacia 1962, junto con otros guambianos, deciden crear el Sindicato del Oriente Caucano que llegó a tener unos 300 socios. La organización, al principio al margen del cabildo y desde 1964 en estrecha colaboración con éste, buscó defender a los guambianos de los maltratos que les daban los comerciantes de Silvia, se dotaron de algún medio de transporte propio y hasta consiguieron que un cura español viniera a atenderlos espiritualmente. Pero la principal preocupación era la escasez de tierras y el sueño de recuperar las tierras originarias del Gran Chimán, la tierra que tenían los guambianos antes de la conquista española.

Con este objetivo se pusieron en contacto con la Federación Agraria Nacional (Fanal) afiliada a la Unión de Trabajadores de Colombia (UTC), que todavía tenía fuerte influencia clerical. Con la asesoría de Fanal se propusieron comprar la hacienda de San Fernando –que tenía unas 150 hectáreas–, para lo que solicitaron un crédito al gobierno. La respuesta oficial fue que reunieran ahorros y crearan una Cooperativa para tramitar los recursos, por lo que en 1964 fundaron la Cooperativa de Producción Agrícola “Las Delicias”. Luego de muchos ires y venires a Bogotá y a Popayán, lograron que la Caja Agraria les prestara el grueso de la suma para comprar la hacienda a los señores Garrido, cosa que lograron un año después. La hacienda fue utilizada no solo para mejorar las condiciones de vida de la comunidad, sino para capacitar técnicamente a los comuneros y no pocos terrajeros, e incluso para concientizarlos políticamente. Con tal fin hacían reuniones nocturnas en las que, en lengua propia, repasaban la historia que recordaban –todavía no habían redescubierto a Manuel Quintín Lame y sus luchas pasadas–, estudiaban leyes nacionales y discutían sobre las formas de organización sindical y cooperativa. Paralelamente seguían planeando la recuperación del Gran Chimán.

Para finales de los años 60 surgió otra oportunidad política con la creación, por parte de Carlos Lleras Restrepo, de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (Anuc) como instrumento para presionar desde abajo la reforma agraria. Trino Morales, por la facilidad de palabra que ya se le reconocía, ascendió rápidamente a secretario de la Anuc departamental y como tal participó en el congreso nacional de 1970 en Bogotá. Luego sería nombrado en la Secretaría Indígena de la Anuc, cargo que ocuparía hasta mediados de los años setenta, cuando los indígenas se apartan de la organización campesina por sentirse excluidos y para construir sus propias asociaciones. Y es que paralelamente, en febrero de 1971, algunas comunidades del Cauca habían creado un Consejo Regional (Cric), como una organización más propia del mundo indígena, aunque sin apartarse de los campesinos. En la creación del Cric fue fundamental el aporte de los guambianos de Silvia, no solo por los recursos que puso la Cooperativa “Las Delicias”, sino por la capacidad organizativa que ya desplegaban. No es extraño que Trino Morales haya jugado un papel clave en las fases iniciales de la organización regional con clara proyección nacional. En efecto, desde la Secretaría Indígena de la Anuc, él entró en contacto con otros pueblos originarios andinos y de selvas, y recorrió de cabo a rabo el país. Paralelamente, bajo su coordinación editorial, en 1974 comenzó a publicarse el periódico Unidad Indígena que sería vocero del Cric hasta 1982, cuando lo fue de la organización nacional.

Mientras tanto siguió la lucha por la tierra en el Cauca, y en esa dirección se lanzaron a recuperar las tierras que el arzobispado de Popayán había despojado a los comuneros de Coconuco. La respuesta oficial y de los terratenientes no se hizo esperar. Además de muertos, muchos fueron detenidos por “invadir” tierras, e incluso a finales de los 70 se acusó a la dirigencia del Cric de pertenecer al M-19. Trino se libró de esa persecución porque andaba en Bogotá y porque desde tiempo antes se había opuesto a la presencia de fuerzas políticas y militares ajenas a las comunidades.

En efecto, para comienzos de los 80 Trino Morales y otros dirigentes indígenas del país estaban empeñados en crear una organización que cobijará a todos los pueblos originarios del país. Y esto se logró en 1982 en Bogotá, cuando se creó la Organización Nacional Indígena de Colombia (Onic) de la que Trino fue su primer presidente. Esto habla del protagonismo nacional que tenían los del Cauca y en concreto él, pero también será causa de celos y rivalidades. Y es que desde la creación del Cric, Trino tenía contradicciones con otros líderes indígenas, y especialmente con los “colaboradores” y “solidarios” de la organización. Veía con aprehensión la influencia de los externos y la artificial politización que propiciaban. Y más preocupación le causó la presencia de guerrillas que, con la disculpa de “defender” a las comunidades, se infiltraban en ellas, cercenándoles la autonomía. Incluso cuando apareció la autodefensa propia, el Comando Quintín Lame, Morales trazó clara distancia con él y por ello fue considerado persona no grata por este grupo que contaba con apoyo de algunos dirigentes y asesores del Cric. Además desde la dirección de la Onic propició una nueva relación menos antagónica con el Estado, por lo que lo comenzaron a tachar de “gobiernista”. Todo ello fue cocinando una abierta descalificación del Cric hacia Morales hasta “desautorizarlo” como representante del Cauca en la Onic. Por tanto, en el segundo congreso de esta organización en 1986, aunque Morales tenía mayoritario apoyo de otros grupos, especialmente de los de selva, decidió no continuar en la presidencia.

A mediados de los años 80, su deseo era retornar a su terruño en el Cauca, pero se le impidió hacerlo –todavía era “persona no grata” en su tierra–, por lo que decide emprender el viaje a la Sierra Nevada de Santa Marta con su esposa Benerexa, de origen arhuaco. Allí tuvo cuatro hijos y ha echado literalmente raíces. Hasta el momento vive “amañado” en la Sierra a pocas horas de Valledupar, pero no deja de añorar la tierra de sus antepasados. En años recientes el Cric, con una nueva y sana actitud de reconocer a sus líderes históricos, merecidamente lo ha homenajeado. Él a cambio ha ofrecido sus consejos, que a veces se tornan críticos de las políticas actuales de las organizaciones indígenas. En eso sigue siendo el mismo rebelde de sus años escolares y no en vano la biografía que le escribió Christian Gros tiene como título “¡A mi no me manda nadie!”, claro que a renglón seguido el mismo Trino Morales aclara que “salvo las comunidades”. Así queda retratada, en pocas palabras, la trayectoria vital de un dirigente indígena brotado de las entrañas de la madre tierra.

Bibliografía

– ARCHILA, Mauricio y Catherine González, 2010, Movimiento indígena caucano: historia y política, Tunja, Universidad Santo Tomás.
– GROS, Christian, 2009, ¡A mi no me manda nadie!”, Historia de Vida de Trino Morales, Bogotá, Icanh.
– Entrevista del autor a Trino Morales en Valledupar, enero de 2009.