* Palabras al Margen

Palabrasalmargen.com es un portal de opinión y análisis político donde queremos que confluya y se exprese la academia colombiana crítica y comprometida con la construcción de un país democrático, en el cual prime la justicia social, el respeto a los derechos humanos, la diversidad y la búsqueda de la paz.

Los personajes que sostienen estas posturas son también en apariencia muy distintos: en primer lugar encontramos al Salomón Kalmanovitz y a Catherine Rodríguez, ambos economistas, quienes ofrecen todo su empeño en mostrar que la desigualdad en la educación hay que reducirla al menor costo posible. En segundo lugar, encontramos la posición rabiosa y desesperada de un ministro de defensa para quien su afán consiste en poner fin a los inmensos poderes de seres cualesquiera que suspenden la máquina productiva en detrimento de los derechos de las personas de bien, o más bien los derechos a la libre circulación del capital.

Una postura es filantrópica, progresista e incluso republicana, la otra es violenta, desesperada e incluso terrorista. Sin embargo algo que las une está muy presente: dar por sentado que en el mundo hay desiguales. Si hacemos referencia a unos artículos recientemente publicados en El Espectador1 y en La Silla Vacía2 escritos por Kalmanovitz y Rodríguez, respectivamente, se hace evidente que ambos presuponen que hay que reducir al máximo las desigualdades en términos del acceso al saber, y para eso elogian la labor de la administración de los recursos públicos en manos privadas bajo el modelo de la concesión, en la medida en que, las estadísticas lo demuestran, son los privados quienes gastan menos dinero por estudiante. Ahora bien, como si se tratara del arte de magia de los administradores privados de dinero, Catherine Rodríguez se sorprende al constatar, en su visita a dos colegios entregados en concesión, que personas pertenecientes a los estratos 2 y 3 piensan. Prefiero entonces citarla:

“Me impresionó también los padres de familia que tuve la oportunidad de conocer quienes nos contaron que además de trabajar por el colegio sembrando árboles y recogiendo fondos para los más necesitados (ojo todos son estrato 1 y 2) ayudan también a padres, jóvenes y niños del sector donde están los colegios en temas educativos y sociales”3

No deja de causar perplejidad la distancia que siembra la estratificación socioeconómica en nuestro país. La autora advierte, diciendo “ojo son estrato 1 y 2”, que personas desfavorecidas y probablemente atrofiadas por su condición pueden superarse, pueden ser partícipes de la reducción de las desigualdades a través de la administración responsable de privados que no dilapidan el dinero público como sí lo hacen aquellos sindicalistas y profesores mediocres que se atreven a tener puestos fijos de trabajo. En últimas lo que está de fondo con la posición de Rodríguez y Kalmanovitz a mi juicio es: los privados saben cómo reducir las desigualdades, la administración pública no. Los privados seleccionan a los mejores y desechan a los peores, por eso quienes se gradúan son eminentemente mejores y quienes conservan sus puestos son los mejores. En esa medida los trabajos estables para los profesores son sumamente molestos, pues aquellos holgazanes no enseñan como es debido y hace invertir mucho dinero en una educación para personas de estratos 1 y 2.

Este debate, reducido a la esfera de los colegios en concesión en Bogotá expone, a mi juicio, su cara universal, pues la pretensión de destruir la educación pública superior en Colombia parte de los mismos presupuestos. Nuestros gobernantes creen que la educación sirve para disminuir las inequidades con el fin de construir una sociedad más democrática, y el adjetivo “democrática” para ellos quiere decir esto: unas prácticas y unas políticas cada vez más adecuadas a las formas racionales de nuestros gestores del capital. Los colegios en concesión y una educación superior hecha añicos por los fríos cálculos de políticos y funcionarios presuntamente más inteligentes que cualquiera, expone la visión estratificada de la sociedad en donde cada quien desempeña su trabajo de una forma adecuada. Y la cosa se hace mucho más fácil, para esta perspectiva, cuando se pone de presente que personas pobres pueden hacer cosas medianamente inteligentes. Ese “ojo personas de estrato 1 y 2” pueden, marcan una línea de separación mezquina e higienista de alguien quien cree que los pobres se mueven en un línea de separación que divide las inteligencias entre los que tienen dinero y los que no lo tienen. El lamento de aquellos intelectuales que creen en la reducción de las desigualdades es un lamento humanista, solidario y siempre volcado sobre la necesidad de asistir al otro pero “conservando la distancia”.

El desespero y el odio del ministro de defensa es la otra cara iracunda de esa lógica. La línea que separa a los pobres y los ricos, o más bien entre aquellos que emplean su inteligencia cultivando nuestros alimentos y quienes los disfrutan y hacen negocios con esos productos, es fríamente trazada. En otras palabras, mientras que los intelectuales humanistas trazan esa línea entre pobres y ricos tímidamente, el ministro lo hace explícitamente. El reciente asombro que causó un país paralizado por quienes presuntamente pasan por pobres e incapaces, provocó la reacción de odio de nuestros gobernantes frente al poder de seres que en apariencia no son nada. La excusa para el odio es más que evidente: la violencia. A juicio de la percepción del ministro, las protestas campesinas, lo bloqueos a vías o más aún la misma noción de PARO es violenta pues manifiesta las quejas de seres que no son nada, y peor cuando estas quejas interrumpen el buen funcionamiento de una sociedad cómplice de la circulación del dinero. La posición, entonces, del gobierno en general es humanista bajo una perspectiva terrorista: hay que defender un tipo de relaciones humanas, unas relaciones desiguales que esfuman el sueño a los pobres de hacer otra cosa que permanecer en la condición en las que han sido relegados. Para el ministro los gestores del capital intervienen a su modo: no sólo se tratará de buscar una administración responsable de funcionarios y políticos que reduzcan la desigualdad que hay entre ricos y pobres, sino además de acallar voces y reclamos de la forma más rudimentaria, a través de una política de la muerte que, entre otras cosas, busca duplicar las fuerzas de Escuadrón Móvil Anti-Disturbios.

Con lo anterior no quiero decir que las pretensiones altruistas de nuestros intelectuales sean perfectamente equivalentes a los actos de odio de un gobierno temeroso a la protesta social. Lo que quise demostrar es que las dos posiciones por diversas que parezcan las une una presuposición: el prejuicio de concebir el rumbo natural de nuestras sociedades de acuerdo a una división estricta del mundo entre quienes no comprenden el mundo y entre quienes sí lo comprenden.

Una educación siempre volcada a la necesidad de que los pobres comprendan que hay desiguales es una educación neoliberal, y para eso es preciso anteponerle una educación emancipadora, una educación que no parta de aquellos supuestos que trazan líneas divisorias entre quienes comprenden las dinámicas del mercado mundial y quiénes no. Las recientes movilizaciones estudiantiles no buscan ni que la torta de la educación sea mejor repartida, ni que la educación se adapte a las dinámicas humanas de un estado neoliberal y terrorista, sino más bien replantean el concepto mismo de la educación. Una universidad o un colegio público de calidad, no meramente administrado por privados, es un espacio de construcción de disensos, de manifestación de voces que los modelos convencionales de educación acallan. Cuando un rector en la Universidad Nacional de Colombia dijo que a “los estudiantes se les estaba enseñando demasiado” se hace evidente el potencial no solamente de lo que puedan aprender en la universidad seres cualesquiera, sino también se pone en evidencia el poder de voces, de saberes y de inteligencias nunca tomadas en cuenta por los saberes oficiales.

Lo que está en juego en las artimañas intelectuales y políticas de aquellos que presuponen que la educación debe reducir las desigualdades es simple: la construcción de una escena en donde sus actores y actrices temen que se interrumpa el rumbo de una historia previamente escrita, una historia que tiene un fin asegurado en la destrucción total de mundo bajo relaciones cada vez más distanciadas entre el mundo de la vida y el mundo de las cosas.

***

1http://www.elespectador.com/opinion/el-fin-de-los-colegios-concesion-columna-436552
2http://www.lasillavacia.com/elblogueo/blog/educacion-publica-de-alta-calidad-si-se-puede-45596
3http://www.lasillavacia.com/elblogueo/blog/educacion-publica-de-alta-calidad-si-se-puede-45596